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¨Telaraña¨por Jorge Beade Harbin

Publicado: 06/03/2018


Parte de la ceremonia del café y el diario consiste en intercalar la lectura con alguna distracción irrelevante como ser: mirar a través del ventanal quién entra o sale del local, algún comentario con Quique (el mozo que me atiende desde el 97), etc.

No hace mucho, en el bar de Avenida de Mayo y Rivadavia, en Ramos Mejía (ya cambió tantas veces de nombre que no me acuerdo el que tenía entonces), estábamos el OLE  y yo en la misma mesa, aunque en distintas posiciones. Yo sentado y disfrutando del último gol de Ortigoza en la cancha de Huracán y él (el diario) inerte, apoyado y abierto en la página central. El pocillo de café por la mitad, todavía humeante, me hace desviar la mirada para ubicar el asa y descansar un poco la vista de la lectura. Repentinamente la veo moverse entre las mesas, habían pasado muchos años, pero tenía el mismo aire inconfundible de suficiencia, debía ser ella, algunas personas no cambian mucho sus facciones, otras sí, pero yo la reconocí al instante a pesar de las décadas transcurridas.

No estaba igual por supuesto, siempre flaca, con esos anteojos inevitables, el flequillo sobre la frente y el pelo hasta los hombros, más los aires de profesora universitaria. No había manera de que pasara sin rozar mi mesa. Me salió espontáneamente, sin pensarlo:

—¡Martita! —Giró la cabeza hacia donde había escuchado su nombre, más por curiosidad que por desconfianza. Se quedó mirando un poco dubitativa hasta que me dirigió la palabra.

—¿Te conozco?
—Sí. Bueno, puede ser. Esteee…  Puede ser que haya cambiado un poco, pasaron muchos años. ¿Vos no hiciste el secundario en la 13?
—Sss. Sí. Pero…
—Vos eras compañera de mi hermana Julieta. Julieta Guevara.
—¡Jorge!
 
No pasó mucho hasta que se sentó, pidió un café y empezamos a recordar fragmentos de vida de cuando teníamos quince, pequeñas historias. En aquella época le gustaban las matemáticas Le recordé algunos problemas de trigonometría con los que solíamos jugar. ¿Y vos te acordás de eso? contestó riéndose. Algunas cosas y también de tu debilidad por las arañas, nunca pude entender cómo podrían gustarte las arañas como aquella bestia negra con franjas anaranjadas que te mandó tu padrino de Misiones.

Todavía me gustan. De hecho estudié biología y trabajo en el Instituto Malbrán específicamente con venenos y antídotos de la “Latrodecus Mactans”

—¡Latroqueee!
—Una arañita que se conoce más como la viuda negra. ¿Sabes por qué la llaman así?
—Bueno no. Conozco otra versión mundana: la que atribuye ese título a las mujeres…
No me deja terminar la frase, como si no me hubiera escuchado empieza con la explicación.
—Les dicen así porque son negras, un negro muy oscuro. Además, una vez fecundada, la hembra mata al macho que es mucho más chiquito y lo usa de alimento. No siempre lo logra, pero casi todas son viudas, Jaja.
—¿No te resulta un poco morbo?
—La naturaleza está llena de estas cosas y yo tengo que extraer el veneno para que se pueda preparar el suero, porque normalmente no atacan, pero si te llegan a picar corrés peligro de muerte.

Así pasaron los minutos, contándome su paso por la universidad, cómo le ayudó su pasión por las arañas para conseguir el trabajo en el Instituto, cómo fabricaban los antídotos, cómo extraían el veneno, de dónde sacaban los ejemplares, etc.
De las arañas pasamos con gruesas pinceladas por los asaltos con Wincofón   y sus relaciones sentimentales. Tuve un novio sabés, pero murió repentinamente a pocos días del casamiento. También me contó del doctorado y su mentor que la llevó al Malbrán.  Se dedicó de lleno al trabajo y “acá estamos, juntando veneno“. Yo, por mi parte, le conté que me había casado pero que no resultó y duró poco. No tuvimos hijos, sigo con el corralón del viejo. Una vida con pocos sobresaltos, ¿viste?  En el club nos juntamos todas las semanas, comemos, jugamos póker y a veces un fútbol cinco cuando armamos equipo.

—Me quedé con el asunto del veneno. ¿Es peligroso?
—El veneno en sí es muy poderoso, pero lo tratamos de acuerdo a un protocolo muy estricto y, hasta hoy, nunca hubo un accidente. Ahora me tengo que ir, pero si te parece, podés venir a cenar a casa, te puedo preparar el único plato que me sale bien: el soufflé que hacía mi abuela francesa ¿Te parece?
—¡Dale! ¿Para cuándo?
—Mañana a las ocho. ¿Te va?

Y sí. Cómo no me iba a ir. Al menos para cortar la rutina. Además, durante los pocos años de amistad compartida, siempre tuvimos buena onda, cosa que no era frecuente con las chicas en esa época.

Martita seguía viviendo en la misma casa que yo conocí en nuestra adolescencia. Sus padres ya no estaban y el hermano se instaló en Canadá y viene cada tanto de visita. La casa, ubicada en Villa Sarmiento, antigua pero muy bien mantenida, tiene las paredes grises, la puerta principal de dos hojas muy altas de madera compacta con molduras, hierro y vitreaux. 
—Pasá y cerrá la puerta que tengo que controlar el horno. Ahí está el paragüero—. (Era uno de esos días de lluvia intermitente del otoño porteño).

Martita vivía sola. El interior era minimalista, bien arreglado, pocos adornos, un par de cactus en maceta y pocos libros, la mayoría de biología. Pero lo que hacía el lugar inconfundible, único, no era la enorme pecera que dominaba el living, sino su habitante: una inmensa araña negra peluda y con franjas anaranjadas.

—Che. ¿Esta no será la que tenías cuando éramos chicos?
—No. No viven tanto. Aquella era una Lycosa Tarántula y esta es una Phoneutria Nigriventer, generalmente se la conoce como bananera porque habita en esas plantas, tiene un veneno muy potente.
—No te da un poco de miedo. Digo, que pasa si…
—Al contrario, me siento segura. Imaginate, si alguien no preparado la hace sentir agredida, con una gota de veneno lo paraliza. Además, tengo esto.

Me muestra una pequeña caja revestida en terciopelo negro, del tipo de los que se usan para guardar anillos o aros. Al abrirlo aparece lo que para mí era un aro, es decir un perno de oro con una perla en la punta y un cierre en la otra. Esto es una aguja con veneno de viuda negra concentrado. Con esto te paraliza casi instantáneamente y te mata en menos de una hora.

La cena estuvo deliciosa, tomamos, comimos hablamos de cosas viejas y nuevas, nos reímos. Ya estábamos por el café. Cuando trae la azucarera, se me acerca por detrás rozando delicadamente su mano izquierda por mi nuca, con sensualidad antigua rozan nuestras mejillas, su boca está tan cerca...         Hundo suave, pero firmemente el aro-inyector en su cuello y la sostengo para que no se golpee contra el suelo. Paralizada, atónita, perpleja, sus ojos con las pupilas dilatadas miraban desconcertados hacia el infinito.

—Así que al macho lo mata y se lo come. Conmigo no, Martita. Viudas conmigo no.

Jorge Beade Harbin es integrante del Taller literario de Marianela.


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